El Delirio | La Sociedad del Semáforo

   
Número 8
05 de Octubre de 2010
Contáctenos

Retrato Hablado

César Salazar-Sonidista
"La Voz. Alma hecha carne". Robert Bresson-Notas sobre el Cinematógrafo

Directo al sonido

05.Oct.2010 | Leído el guión, me pregunté como íbamos a resolverlo. La adrenalina de rodaje se presagiaba y lo imprevisible tomaba dimensiones documentales por no decir monumentales. Es que no era un proyecto convencional; muchos personajes parlantes y hasta cantantes, todo inmerso en el denso magma de un tráfico indomable. Captar la esencia de las cosas, los pensamientos y las emociones verbalizadas fue nuestro gran reto y para eso nos pusimos, Miller Castro y yo, nuestro mejor atuendo de documentaleros girando por esa esquina de 6 puntas, circo multipistas donde los actos dirigidos magistralmente por Rubén pasaban de la ficción a la realidad.

Y de las voces qué? Un abanico de texturas, de acentos, voces naturales no formadas o mejor no deformadas por el quehacer actoral.

Raperos live pide la escena. Se le hace compañero. Grabamos en ese estudio sin paredes, con fachadas con vista a Monserrate

Cuando el semáforo del asistente de dirección cambia a verde y es el momento de la acción, todos nos aprestamos a pasar la calle como Hugo, Paco y Luis, en fila india sorteando las busetas; sálvese quién pueda. En las películas normales se cierra el tráfico pero en la nuestra se abre y el azar nos proporciona sorpresas en el ambiente sonoro. Los diálogos nadando en ese flujo de pitos y motores contrastan con los apacibles paisajes sonoros de Los Pozos Azules y la calma del cambuche, el palacete del inventor.

La Sociedad del Semáforo es una película sin actores, es una película hecha con gente apasionada delante y atrás de la cámara y de los micrófonos…

Volver arriba

Juan Carlos Gil - Director de Fotografía

Historia de una amistad

22.Sep.2010 | La sociedad del semáforo llegó en un momento de mi carrera en el que necesitaba buscar una mirada distinta, hacer ciertos cambios y darle como otro tono de color a mi trabajo. Fue la oportunidad para explorar desde otras raíces, desde lo básico, donde la historia y sus personajes prevalecen sobre todo lo demás; la oportunidad de rodar de otra manera, de trabajar rápido siendo consecuente con los espacios, sin imponer ni forzar nada; donde la tarea de observación cobró una dimensión diferente, aquí era un lujo iluminar como en otros proyectos, no había tiempo de hacer trucos cuando la vida disfrazada de ficción tocaba capturarla sin maquillaje; tampoco había lugar a la perfección, ni siquiera a intentarlo, era la búsqueda de lo real, lo hostil, lo duro y cruel de la vida… tal como es.

Desde este panorama era vital reinventarse. A pesar de quedar muy satisfecho de mis dos largometrajes anteriores: Perro come perro y La sangre y la lluvia; simplemente, en este caso, todo debía ser diferente. Era como el final de una etapa y a la vez el comienzo de una nueva ruta, más clara en la forma pero mucho más profunda en la historia, donde el encuadre aparecía como la mayor herramienta para aprovecharles a los actores naturales la esencia de su interpretación…

Por esto, y por sugerencia de Rubén Mendoza, su director, me enfrenté también al oficio de operar la cámara, con la idea de estar más cerca de las acciones, de respirar y hacer parte por completo de esa dinámica de la película. Lo tomé tan en serio, que varias veces me veía obligado a salirme del set para tomar aire y aterrizar, porque la fuerza de las escenas me superaba…

Lo que más recuerdo del rodaje es al grupo de actores, ellos fueron definitivos para que nuestra mirada cambiara por completo, para que fuera sincera, honesta y sin prejuicios, no hay espacio para juzgar a nadie; ese grupo nos enseñó su mundo no sólo a la cámara, fue más allá, se desbordó y tal vez esa sensación ayudó a generar la atmósfera que rodea cada plano, como una especie de marco a las imágenes… las inundó de vitalidad y de realidad. Más que una vivencia inolvidable como profesional, fue una experiencia humana alucinante.

La sociedad es la película en la que menos equipo he usado. Con el reducido grupo que me acompañó en la fotografía, aplicamos una estrategia más económica y ágil, en vez de luchar contra el sol en los exteriores a punta de luces gigantes, invertimos el proceso: quitábamos luz en las zonas que no se requería, o hacíamos grandes sombras para darle volumen y contraste a las imágenes.

Muchos dicen que los fotógrafos se caracterizan por aplicar su propio estilo. Creo que ahí está el dilema: para mí no hay estilo, solo una historia que marca un camino a través de los personajes y sobre sus espacios, tú sólo debes respetarlo, intuirlo, observarlo hasta el cansancio y luego rodarlo. En esto ya hay una gran ventaja para nosotros; con películas como La sociedad, es muy difícil repetirse…

Volver arriba

Daniel García, Productor

Historia de una amistad

15.Sep.2010 | En el 2002, un compañero de la universidad me invitó a trabajar en el corto de su primo como productor de campo. Me pareció muy interesante la posibilidad de trabajar con un equipo de personas diferente a las de la universidad y acepte. El director de este corto (Estatuas!) era Rubén, un man raro que hacía todo a mil, pero era chévere verlo cómo organizaba su cabeza y cómo contaba historias. Después del rodaje Rubén me ofreció trabajar con él en Día Fragma y acepté de una. El trabajo con el equipo durante y después del rodaje fue muy bonito, pero con el que más hubo empatía fue con Rubén, sentí algo en el camello de él que yo quería seguir haciendo. Luego de estrenar "Estatuas!" decidimos presentarnos a la convocatoria de la cinemateca con una historia de Rubén que se llamaba "La Cerca", y a unos cuantos meses nos dieron la noticia de que el proyecto había ganado. Ahí fue cuando pensé: "esta es la prueba de fuego, nuestro primer proyecto juntos desde su desarrollo", y bueno, al final logramos tener un corto que fue a parar al Festival de Cannes en selección oficial en la sección de la Cinefundación en el 2005.

A mediados del 2005, estábamos con Rubén hablando sobre los nuevos proyectos a desarrollar con Día Fragma, yo ya sabía que con él quería seguir produciendo, pero ahora necesitaba un reto más grande y me contó que estaba obsesionado con la historia de un personaje que quería poner los semáforos en rojo más tiempo, me pareció increíble la historia y arrancamos a trabajar.

Rubén hizo un cronograma de investigación bastante exhaustivo sobre el proceso que se debía seguir para que él pudiera arrancar a escribir. Como raro, arrancó a hacer locuras, se iba de pronto a las 5 am a las ollas a grabar y a tomar fotos de la gente, de su vida y de sus cosas, salía a la calle a parchar con los indigentes por horas y llegaba siempre a contar anécdotas e historias delirantes de estos personajes. En agosto ya se tenía la primera versión del tratamiento y con esa versión arrancamos a trabajar.

En diciembre, a la altura de la 4ta versión del tratamiento, hablando con Rubén nos dimos cuenta que el proyecto era bastante grande y dispendioso en todas sus etapas y que necesitaríamos de otra mano para poder abarcarlo todo, entonces decidimos invitar a Diana Camargo a unirse al grupo de trabajo. A principios del 2006 diseñamos un cronograma de trabajo entre los 3 para toda la etapa de desarrollo y financiación del proyecto, y lograr así hacer evolucionar artística y presupuestalmente el proyecto. En el 2008, ya habíamos logrado el 90% de los logros propuestos en ese cronograma, con mucho esfuerzo y dedicación sacamos adelante algo que para mí era todavía una ilusión. A finales de noviembre vi por primera vez muchas caras y personajes que logré ubicar en el guión y así, ir volviendo realidad el sueño de La Sociedad del Semáforo.

Luego de ya tener caras, arrancamos a estructurar con el equipo de producción la gran labor de toda la preproducción para llegar al rodaje, y con esto dar inicio oficial a la historia de Raúl Trellez, un personaje que encontramos en la calle acompañado de muchos otros como Cienfuegos, enseñándonos todas sus historias e ilustrándonos como sobrevivió durante 35 años al asfalto y a las carrangas.

Para mí La Sociedad del Semáforo es una historia de amistad, desde el punto de vista de la ficción en la película y desde la realidad en mi relación con Rubén, ya que a veces lo complicado no es hacer las cosas, si no la paciencia y el empuje que uno le pone al trabajo en llave para que los proyectos salgan adelante.

Volver arriba

Diana Camargo, productora

Puesta en pantalla o salto al vacio

08.Sep.2010 | Como decía Jaime "el mono" Osorio: "el director tiene la responsabilidad de la puesta en escena y el productor tiene la responsabilidad de la puesta en pantalla", o sea de casi nada!!

Cuando leí por primera vez un tratamiento de 30 páginas en el año 2005, sentí que Raúl Tréllez era un vacan, era un personaje que tenía una vida muy jodida, que se burlaba de él mismo todo el tiempo y que además no le echaba la culpa a nadie.... me sedujo inmediatamente. En ese momento recordé mis primeros cortometrajes con El Barco Producciones, una serie de películas con jóvenes problematizados y también recordé que dije: "huy no, yo no vuelvo a trabajar con actores naturales...pues, tan naturales..."

Obviamente cuando empezamos a leer las primeras versiones del guión decidimos que Raúl y todo el parche del semáforo debían ser actores no profesionales, que pudieran darle frescura y crudeza a las interpretaciones y que no tuvieran para nada rostros reconocidos. Empezamos poco a poco a diseñar el camino que hiciera realidad esta película. Una película que desde el comienzo suponía enormes dificultades para la producción, sin un director reconocido, sin actores que fueran estrellas, sin un productor famoso (claro que los productores nunca son famosos, salvo algunos selectos nombres como Jerry Bruckheimer y eso..). Una historia de género drama, con una mirada muy particular contada desde el punto de vista de Raúl, habitante de la calle, que se monta en la utopía de cambiar el semáforo en rojo para que todos puedan tener suficiente tiempo para vender sus productos y hacer sus actos circenses.

Cada paso que dábamos parecía más difícil que el anterior, el casting fue un evento gigante y complejo de organizar; después de atender 600 personas en un día y lograr tener el 70% del reparto de la película, pensé: después de esto organizamos lo que sea. Y vino por fin el rodaje, complejo y duro. Calle, mucha calle, ruido, smog, frío...

La dificultad de hacer una película de autor en la cual el director debe consultar todas sus decisiones con los productores, y digo dificultad no porque Rubén, el director, no lo aceptara abiertamente desde el comienzo, sino por el resto de la cadena que participa en este proceso. Un país que tiene una industria incipiente no entiende que el productor al ser responsable "de la puesta en pantalla", nada más y nada menos, debe estar en todos y cada uno de los detalles de la película y debe asumir todas las decisiones tomadas, sean dramatúrgicas, financieras, artísticas y/o técnicas. Con los aciertos y las fallas que estas decisiones supongan.

Y acá quiero cerrar con una anécdota: cuando Luis Ospina empezó el proceso de montaje, hablábamos mucho con Daniel (el otro productor) de cómo asumir este proceso. Lo primero que hicimos fue enviar a Rubén, el director, de vacaciones, le dimos un mes para que se desconectara y Luis pudiera trabajar libremente. Sin embargo, teníamos muchas dudas de la "libertad" con la que Luis podía estar trabajando, así que lo llamamos una noche y le dijimos: "urgente queremos hablar contigo, a la hora que sea". Día siguiente 7 de la mañana en casa de Luis, donde se instaló la primera etapa de edición. Luis nos recibe expectante y pregunta: "¿los mandó Rubén, está preocupado por lo que estoy haciendo con la peli?" ..."No!! no nos envió nadie, venimos a decirte todo lo contrario, que hagas lo que consideres mejor para la película, corta, quita, pon, cambia, elimina, haz lo que tú consideres que le hará mejor a la historia que queremos contar!!!"

La sociedad del semáforo es el resultado de la apuesta de un director y guionista y unos productores que asumieron el riesgo de contar esta historia de esta manera, de ponerse en los pantalones de Raúl Trellez y hablarle a la gente desde su pellejo...

Volver arriba

Luis Ospina - Montajista

A los hijos hay que reconocerlos
(Notas sobre el montaje de La sociedad del semáforo)

26.Ago2010 | Cuando el director Rubén Mendoza me llamó para hacer el montaje de La sociedad del semáforo yo fui el primer sorprendido. Me sorprendió tanto como si me hubiera propuesto intercambiar parejas. Él había sido el montajista de las últimas películas que yo dirigí: La desazón suprema (2004) y Un tigre de papel (2007) y ahora me proponía invertir los roles. La idea me sedujo y acepté el reto. La última vez que yo había colaborado en la edición de una película de un colega había sido en 1987 cuando asesoré el montaje de Más allá de "La tragedia del silencio" de Jorge Nieto. Antes de eso había sido el montajista de varios amigos (Oscar Campo, Patricia Restrepo, Juan José Vejarano, Luis Crump) y de casi todas las películas de Carlos Mayolo. En su autobiografía ¿Mamá qué hago? Mayolo escribió que yo más que ser el montador de sus películas había sido el domador de sus películas. A Mayolo le encantaba filmar y le desesperaba editar. A mí me pasa lo contrario: sufro en los rodajes y disfruto de los montajes. Como bien lo puso el viejo zorro Jean-Luc Godard: "Montage, mon beau souci" (montaje, mi bella preocupación).

Con un "a sus órdenes" acepté la propuesta tentadora de Rubén y procedimos a intercambiar los roles. Quedaba un problema por resolver. Si ahora el editor de mis películas se había convertido en el director, ¿quién, entonces, lo iba a reemplazar? Yo aprendí a editar en moviola pero nunca pude con la edición virtual; siempre he necesitado un operador. Hicimos casting de operadores y nos decidimos por Jonathan Palomar, joven egresado (como Rubén), de la Escuela de Cine de la Universidad Nacional.

Varios meses antes yo había leído una de las tantas versiones del guión y encontré en él algo del espíritu de Agarrando pueblo, película también anárquica y con actores naturales que rodé 32 años antes con Carlos Mayolo. Decidimos que la película se iba a editar a medida que se filmaba. Como era con actores de la calle, iba a haber mucha improvisación en el rodaje y mucha corrección sobre la marcha, en parte por la dificultad de rodar en las calles del centro de Bogotá la inmunda. Mientras pasamos las horas y los meses editando mis películas Rubén y yo trabamos amistad en más de una acepción de la palabra. En algunos de esas conversaciones me mencionó a Agarrando pueblo como una de las películas que lo habían impulsado a querer hacer cine. Yo siempre he dicho que lo que más educa es el mal ejemplo. De alguna manera La sociedad del semáforo es hija de Agarrando pueblo. Y como a los hijos hay que reconocerlos, un día superé mi horror de los rodajes (y de la procreación) y me dirigí al cruce de la calle 6ª con carrera 3ª, donde se respiraba la actividad frenética de un hormiguero de gente (cineastas, saltimbanquis, hombres estatua, botafuegos, mendigos y chirretes de todas las pelambres) en el que se confundían los actores de la película con los ñeros curiosos de la familia Miranda. Juan Carlos Gil operaba una cámara en mano mientras Sofía Oggioni, trepada en una grúa de bomberos, maniobraba la segunda cámara. El asistente de dirección Jacques Toulemonde, con megáfono en mano, daba órdenes para dirigir la escena (y el tráfico). Gabriele "el zardo", trepado en el tubo de un semáforo, le colocaba un harness a un niño negro para simular un ahorcamiento. Al ver esto se me vino a la mente la imagen terrible del linchamiento descrita por Billie Holiday en "Strange Fruit". Rubén, maestro de ceremonias de este circo de tres pistas y cuatro semáforos, conservaba la calma ante el caos imperante y coreografiaba le secuencia a rodarse. Por uno u otro motivo se repitió la escena varias veces. Y así pasaron las horas hasta que hice mutis por el foro. No me gusta ver sufrir a los amigos.

Puesto que la película se estaba grabando en video con una de esas cámaras de alta definición que ya no usan cinta (no recuerdo cuál, imposible acordarse pues cada mes sale un modelo nuevo), hacer el backup era todo un operativo de seguridad y tráfico; todos los días había que subir lo grabado a un disco duro en la oficina de la producción y llevar una copia a mi casa donde se estaba editando. Uno nunca sabe, el diablo es puerco y en este país de ladrones y piratas todo es posible.

El proceso de montaje fue de un total de siete meses. Durante el rodaje Jonathan y yo íbamos organizando el material para conformar un primer corte, todo esto sin la presencia del director. Este primer corte en bruto duraba tres horas. Al final del rodaje Rubén se fue de Bogotá para darse un merecido descanso. Mientras tanto Jonathan y yo seguimos depurando el montaje. Cuando Rubén regresó ya le teníamos un montaje de dos horas y media, que él -- a su vez,-- corrigió y aumentó, dándole vueltas al material y sugiriendo cambios. Jonathan y yo acatamos sus órdenes y le entregamos una nueva versión, que luego Rubén trabajó solo en su casa. Al mismo tiempo Jonathan se llevó la película en un disco duro para su casa e hizo otra versión. Se confrontaron luego las diferentes versiones y se tomaron unas cosas de una y otras cosas de otra hasta que hicimos una proyección privada con los productores Diana Camargo y Daniel García y varios conejillos de indias. Se oyeron comentarios y se tomaron en cuenta las sugerencias. Finalmente Rubén tomó las riendas del asunto y conformó lo que sería la versión final. Jonathan y yo no participamos de esta fase final, en la que se le incorporó la música de Velandia y se hizo la mezcla final.

Hace unos días fui a cine y pasaron el tráiler de La sociedad del semáforo. Sentí, por primera vez, el orgullo de ser padre y, como una madre, espero expectante el alumbramiento en las salas de cine del país.

Volver arriba

Oscar Navarro – Director de Arte

Memorias de Reciclarte (o el diario de cuatro chirris)

12.Ago.2010 | Reciclar: Someter un material usado a un proceso para que se pueda volver a utilizar.
Reciclarte: Convertidor de materia y energía humana no degradable a bio agradable.

Sumergidos entre basureros, pulgueros, deshuesaderos, chatarrerías, mercados, canecas, calles y callejones comenzamos una búsqueda ardua de materiales desechables y desechados, utilizando nuestra zorra Land Rover y como antropólogos de la basura que buscaban objetos y piezas para construir el mundo de Raúl Tréllez, el mundo de La Sociedad del Semáforo... la tierra del LSD-s.

Empapelamos las paredes de lo que era nuestra oficina en la "Casa del Semáforo" (la sede del equipo técnico durante el rodaje) y sobre éstas rayamos, dibujamos, tachamos, cortamos, pegamos, rasgamos, soñamos, coloreamos, insultamos, desdibujamos y hasta saboreamos lo que sería la atmósfera general de la película, cobijados por una campaña interna de "traiganos su basura que a nosotros nos sirve... la película se lo agradecerá".

En un principio fue recolección, luego búsqueda de referencias y al final fue necesario sumergirse en el sub mundo de la calle para aprender en detalle cómo era vivir en ella, escuchando historias, relatos, aventuras y en general diálogos con sus habitantes: un pedazo de esfero, una tapa de aguardiente, un pedazo de papel aluminio, un caucho y 53 perforaciones hechas con aguja y en espiral son necesarias para hacer una auténtica pipa para fumar bazuco o "carrito", como lo llaman los consumidores.

Corríamos tras camiones de basura en y a jalonazos lográbamos apoderarnos de otro inoficioso y destruido artefacto mágico.

Una silla Rimax, dos ruedas de bicicleta, los pedales de un Chevrolet Sprint, un espejo retrovisor, tres calcomanías, un paraguas (que terminaron siendo diez) y diferentes lujos de buseta se convirtieron en la silla de ruedas de Rodrigo, malabarista de cucuruchos en llamas y uno de los personajes del Semáforo.

En una especie de buardilla, a modo de taller, como si fuera una de las locaciones de la película y en medio de cables, letreros, avisos, bombillos y un radio de carro; Hugo Poveda nos ayudaba en la construcción de algunos de los objetos mágicos como el "Super I Love You", un corazón que se iluminaba cada vez que Rodrigo accionaba el freno de su silla de ruedas y que fue construido con un corazón roto que antes era la tapa de un joyero, unos bombillos, algunas letras caladas, un borde de madera pintado de dorado y algunos cables. Una cafetera vieja, piezas de laboratorio, tubos, mangueras, bombillos, el logo de un Mercury 54 y un par de interruptores se convirtieron, por su parte, en un híbrido entre un aparato para hacer café, un alambique, un cohete, una máquina del tiempo y finalmente un artilugio que solo Rubén y Dios sabrán para qué servía.

En el delirio de recolectar estas piezas, y ya ubicados en un espacio de trabajo más amplio comenzó lo que sería la clasificación de los objetos dependiendo del personaje, el set, la locación y otros ítems. Una vez clasificados, los almacenamos en canastas, costales, bolsitas, bolsas, chuspas, ziplocs, mallas y hasta en una carretilla, y todo este desorden es el que llena las memorias del manual de RECICLARTE.

Un día llego el día, pero era de noche aún, 5 de la mañana, todos desayunaban mientras dos de nosotros, armados de llave, tuercas y cables instalábamos un semáforo de tres metros. Los otros dos del equipo de arte, con un carrito de mercado al que solo le faltaba el letrero de "miscelánea" esperaban a los actores para entregarles sus objetos, uno a uno.

Custodios de las riquezas de una sociedad anónima en nuestro camión de basura, recorríamos de lado a lado la ciudad, escrutando en callejones, ollas, putiaderos, panaderías, morgues, celdas, carreteras, montañas, cementerios, funerarias, monasterios y un cambuche junto al río, el hogar de Raúl Tréllez. En su cambuche atornillamos nuestras ideas, martillamos pasiones, decoramos sus paredes con partes de nosotros y de otros. Un inodoro, un triciclo, una puerta de taxi, tarros, plástico, icopor, afiches hippies, carátulas de elepés, sillas cojas, paredes de lata, repuestos de carro, empaques para la olla exprés y la licuadora, boteeeeellaaaa paaaapeeeeel y hasta un guardián de peluche con fierro en mano hacían parte de ese mundo. El de LSD-s.

Así comenzaron muchas de las jornadas... !!!mierdaaa, me quedé dormido!!! Andreee

Construimos y destruimos, compramos y regalamos, ganamos... no perdimos, aprendimos, compartimos, nos equivocamos, corregimos... !no nos equivocamos! nos reímos, nos burlamos, nos quejamos... no lloramos, renegamos, madreamos, respetamos, elogiamos y en últimas nos la soyamos.

!!!El resto es pa' usted!!!

Y esto es de todos Oscar Navarro, Nicolás Méndez, Andrea Rangel y Gabriel Mejía (equipo de arte).

Volver arriba

Augustin Velandia - Corredor de Piedecuesta
Compositor de la Banda Sonora de la Película
(Este es un texto de respuesta al que escribió Rubén Mendoza en la sección Soundtrack)

La Musiquè de la Peliculié

29.Jul.2010 | Me la pasé media vida creyendo que me dedicaría a hacer cine. Hice algunos videos. Leí sobre cine y vi las películas que pude. Luego, después de adormecerme durante 4 años en un frenesí productivo entre video, teatro y música, que más que productivo era narcótico, vino una reflexión importante: "o hago cine, o hago música, o hago algo, o no hago un culo". Y entonces decidí volver a vivir con mis viejos.

Así podría controlar mejor los excesos. Necesitaba algo que me diera tranquilidad, algo hermoso. Y entonces empecé a hacer música Rasqa. En esos días apareció Rubén Mendoza en mi vida, en Bogotá, en casa de Coco, el actor de la Candelaria. Y algo surgió, ahí en la humareda dulce. Poco a poco, con los meses, Rubén me devolvió al cine. Sería extenso narrar con detalle, pero algún día llegó este man a mi casa en Piedecuesta, en un carro, con el Mono y con Nicolás, quienes serían sus colaboradores en el video clip "El sietemanes", canción del disco ONCE RASQAS de mi banda Velandia y La tigra. Delicia de video.

Y a los dos días hicimos otro clip, el de "Dejo". Un video que terminó siendo el homenaje en vida a una mujer hermosa que nos dejó de esta vida y que había sido una de las personas más importantes para mí en aquellos cuatro años de delicias sin pausa. Y de paso, en ese clip ella se convirtió en un ángel para quienes estuvimos en ese rodaje. Valga la oportunidad para dedicar la música de La Sociedad Del Semáforo a esa jovencísima realizadora, señorita preciosa, que se fue sin avisar.

Un día Rubén me dijo que hiciera la música de su cortometraje "El corazón de la mancha". Era la oportunidad de hacer algo sabroso pal oído y el ojo. La hice. Y una llamada a media noche me dejó claro que entre el tal Mendoza y yo había mística. "Hijueputa, qué felicidad", decía el loco por el teléfono. Estaba feliz por la música que yo le había enviado por internet. Y yo de ahí pa' abajo no pude dormir más de saber que había logrado complacer a un director que no es, ni mucho menos, sordo.

Rubén hace muchas películas al mismo tiempo y tiene muchos amigos músicos. A todos y a cada uno nos ha encargado la música de alguna de esas películas cortas. Pero venía el largometraje, su ópera prima (así llaman esa mierda, que ni es ópera, ni es prima), su Sociedad Del Semáforo. Y yo que sabía de Rubén desde que leía revistas de cine que hablaban de él y de su exitoso corto "La cerca". Y pensaba: "con este man me gustaría trabajar algún día". Aunque teníamos varios videoclips y la música de uno de sus cortos en nuestro catalogo, aún me parecía que hacía falta algo. Pues, como un convocado a la selección de futbol me sentí cuando el boyacense Mendoza me dijo que le hiciera la música pa' su largometraje. "Ay, ahora sí me toca a yo", pensé con arrogancia. Y cómo no, le iba a hacer la música a la película de mi antes desconocido admirado y ahora cómplice y ñero, Rubén Mendoza, nominado en Cannes y conocido hasta en la misma China, un personaje.

Para esos días ya empezábamos a volvernos hermanos, a trascender la amistad y a convertirnos en almas gemelas, en sangre de la misma sangre. Y compré unos cuadernos pentagramados y empecé a escribir pepas pa' la película. En eso me la pasé un buen tiempo, desde antes de empezar el rodaje. Leí el guión y me atrapó.

Yo que había leído mucho sobre música para cine y había estudiado con un maestro que también hizo música para cine, y que pa' que lo mento si no he de ponerme rulos con los honores de otro. Sin embargo de poco o nada servía todo lo leído y estudiado. Cada obra de arte es volver a empezar, a inventar. No lo digo como quien recita leyes, lo digo porque es la obra misma la que le estrella a uno esa realidad en la jeta.

Así que todo lo que había escrito en esos cuadernos pentagramados no servía pa' ni mierda. Una cosa es la música, otra cosa es la música para cine. No se puede andar suponiendo no más lo que puede o no funcionar. Hay que meterse en el rollo. Conocer la naturaleza de la película. Esta película estaba siendo realizada con mucho riesgo, mucho vértigo. Mucha improvisación, permitiendo la espontaneidad de los actores y jugando con la cámara más allá de los planes del guión.

Compartí con los protagonistas "Raúl" y "Cienfuegos" en un viaje que armó Rubén a Umpalá, Santander, donde habíamos grabado el clip de "Dejo". Son de esas cosas que hace Rubén y que hacen de su cine algo más allá del arte. Es más bien una comunión con sus amigos con los que rueda. Esto fue después de rodada la peli y gracias a ese encuentro maravilloso en el campo, en el río, en la historia de esas dos personas hermosas que ahora están inmortalizadas en el lente de Rubén, me adentré en el planeta de la película. Se me estallaron las pepas.

Programamos una fecha para grabar la música, y llegó la fecha y yo no tenía nada. Justo una tarde antes de la llegada de Rubén a  Piedecuesta compuse una canción que necesitábamos para una escena particular, tenía que ser canción, y tenía ser en la onda de DEJO, y la hice como pariendo un perro por la boca. Llegó Rubén y lo recibí con esa sorpresa. Algo me decía que sería un acierto. Y lo fue. La hice para él más que para la película. La hice porque en esos días Rubén necesitaba (sin saber) volver canción su más reciente asesinato. Y yo le dije "brindemos por el fracaso, mi hermano". Era perfecto el pretexto porque en la película iba a funcionar esa emoción, y yo no podía inspirarme en algo ficticio, necesitaba algo real. Así que esa canción "Calavero" hay que escucharla sabiendo que es el propio Rubén el que habla.

Después de una noche donde planeamos el guión de la música juntos, nos fuimos a grabar a la banda de Piedecuesta, tal como quería Rubén, música hecha en Piedecuesta, y unas horas antes escribí unas pepas, muy pocas, unos esquemas simples. Pensaba que necesitábamos una textura apropiada, más que una melodía o una intención. Además que la intención ya estaba implícita, porque la música sería Rasqa, y la Rasqa se toca con huevas y ovarios, como los que tienen los de la sociedad del semáforo.

Lo demás ya lo cuenta Mendoza muy bien. Hay otra pieza que es una canción mía que a Rubén le parecía buena pa' una escena, yo la volví a grabar para darle un color acorde a lo que veníamos haciendo, otra forma de producirla más grasienta como es la peli.

Y una que otra cosa por aquí y por allí, que suena a veces suavecito pa' que se sienta pero no se escuche. Entre esas, la participación del santo del demonio, Negro Navas con su ya célebre canción LA PEPA DE LA MARIHUANA, y mi viejo, el que me heredó las mañas, que se declamó por ahí una vainita que ya verán.

Esta es pues es mi primera película, es el premio a mi amor por el cine. Porque es un amor de muerte el que tengo por el cine y aquí en la Sociedad del Semáforo no hice más que chuparme ese amor.

Dedicada a la gran Kelly Toloza.

Volver arriba

Rubén Mendoza – Director y guionista

23.98 mentiras por segundo

13.Abr.2010 | El cine es la vocación de los que no tenemos vocación. La casa de los sin casa. Es la plastilina de los grandes. Se cocina en íntimos colectivos. La misma cámara que le arrebató a la vanidosa literatura la gloria, es un objeto humilde, desdibujado, profanado. Divino igual. La cámara sin embargo es una herramienta. Yo con la cámara me siento aguitarrado, enrevolverado, armado. El cine es un venenito, una bomba atómica de bolsillo que garantiza Lunes distintos; un techo incierto pero un techo al fin. Un burladero para torear la realidad, para coquetearle, para pintarla. La base del cine fue la química, la alquimia, y ahora que no interesa el celuloide, la alquimia y la química tienen que pasar al trabajo director con actor, director con cámara, director con carretera, con paisaje. En el cine, desde el inicio, siempre ha sido más importante la química que el talento.

Ahora más que nunca. Yo primero hago una amistad, una enemistad, una indiferencia, luego las filmo. Es un acto reflejo, para evitar estar de director. Como director siempre se pierde uno de las mejores cosas de hacer cine, de la gente deliciosa. Yo por eso no soy director, soy cómplice. La gente más intersante del oficio del cine siempre está en los puestos secundarios, terciarios. Nunca es uno. El director y las cabezas de equipo siempre se pierden de la materia vibrante y de la vida rodando. Por eso rodar tiene que parecerse a vivir. Usted amigo músico decía que no quería hacer música sino ser música; yo le digo que no quiero hacer cine sino serlo. Filmar sin cámara.

Las películas tienen que ser una consecuencia de la vida, y no la vida volverse una consecuencia del cine, de hacer cine. Y el cine tiene que dejar de pretender universalidad. El cine es el arte intraducible por excelencia. Nada se puede traducir de verdad, por jerga, por gestos, por costumbres, y el cine las tiene al frente todas. El cine puede ser un arte tonto, imperfecto, pero si algo hace de manera única, es fundir vida y arte. Sobre todo por la noción de realidad, de movimiento. Una verdad que se hace con 24 mentiras por segundo. Es más, en mi caso por 23.98 mentiras por segundo. Una ilusión que en Colombia es una desilusión y eso hace el placer de escribir, de encontrar, de descubrir, de ensayar, de filmar, de editar, de hacer sonar, más bellos. Nadie lo necesita para vivir, como ningún arte, y por eso es poderoso, por inútil, por innecesario.

Volver arriba

Pasatiempos y educativos

Ten Vidio

EL SONIDO DIRECTO (making) de LA SOCIEDAD DEL SEMÁFORO (En Cartelera)
05.Oct.2010 | LOS SONIDOS DE EL DELIRIO: Para conocer desde adentro cómo se hizo LA SOCIEDAD DEL SEMÁFORO, aquí podrán ver un clip en el que Cesar Salazar, sonidista de LSD.S, quien también ha quien también ha hecho la captura directa de sonido de La cerca, Rosario Tijeras, El colombian dream, entre otras y cuenta detalles de su trabajo y del reto que implicó trabajar en esta película.
Ver en YouTube

mottif. Esta página pertenece a Día-fragma Copyright © 2010. Cualquier uso indebido e inautorizado del contenido y/o material gráfico de esta página está prohibido.