El Delirio | La Sociedad del Semáforo

Número 8
05 de Octubre de 2010
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Soundtrack

SOBRE LA MÚSICA DE LSD.S

Cuando empecé a trabajar con Edson Velandia en la música de la película y oí lo que venía, pensé que el hecho de que esta película hiciera existir esa música ya había pagado el esfuerzo ciego de hacerla. Fue un síntoma que se repitió en todas las etapas: el delirio. Desde el guión, la investigación, el casting, los ensayos, el rodaje, la edición, la música, el sonido. Delirio, risa, vida. Velandia y yo venimos cocinando una relación poderosa. Vemos la poesía en el mundo de la misma manera muchas veces. Tenemos tendencia a rendirnos ante la vida más que frente al arte mismo porque no lo diferenciamos, y poco nos gustan las vacas sagradas ni las vacas que más cagan. Mis primeros videoclips los hice para él. Él a su vez hizo la música para uno de mis cortos, El corazón de la mancha y era una música con voltaje agudo y grave. Siempre me hizo pensar en un desfile de elefantes, en una marcha. El año pasado hice 11 videoclips con él, en tres días de rodaje y vagancia. Nuestra relación se iba masticando a sí misma hasta volverse una hermandad. Por eso digo que mi película es una película Rasqa, porque siento que se parece a la música de él, porque siento que se parece a nuestra hermandad, porque siento que Velandia y yo nos parecemos mucho: somos muy propensos a cagarla. La cagamos parecido.

Cuando fuimos a definir la música después de mascullarla sin pensarlo muchos meses, después de que fuera creciendo sola en nuestras rumbas, en nuestras charlas, en nuestras críticas a los trabajos mutuos, nos sentamos en las montañas de Santander. Yo llegaba con el alma herida y la vida cansada por algunas situaciones específicas y él lo sabía. Antes de cualquier cosa me compartió unas líneas que me cambiaron profundamente, para siempre. Durante tres horas me leyó algo revelador. Luego al ritmo del humo, de la chicha y el tinto, el café santandereano que tan re bien le queda al h.p, empezamos a debatir, a construir. A ver la película, a escoger y a sentirla. Yo había editado La sociedad del semáforo fundamentalmente con música de él y una par de cumbias prestadas, como referencias, y decidimos desechar todo. Hicimos una lista esa noche, como a la media noche. Hicimos otra horas más tarde, comparando: dónde debe ir música, dónde no... dormimos un poco y nos levantamos. Era su cumpleaños. Hice una siesta de 3 horas, profunda como nunca, pues soy insomne empedernido. Volvimos a ver la película y a dejar una lista definitiva.

Esa noche regresamos a su casa, a Piedecuesta. Teníale la familia una fiesta sorpresa. Nos emborrachamos un poco, no tan terriblemente como para el fin de año, y al otro día empezamos a grabar. Fue casi místico presenciar una mente, o un espíritu como el de Velandia haciendo que las pocas notas que había escrito sonaran tan poderosas. Con la ayuda de Pencilface (Paulo, parcero y realizador, irrealizador) y Juanfe (ingeniero de grabación), fuimos a un ensayo de la banda de Piedecuesta. Velandia les dijo: "bueno, hablé con el director de la banda... dijo que el ensayo de hoy lo podían hacer conmigo para grabar la música de una película... ¿listos?... lo primero es en esta métrica, tan tun pum pam, tan tun pum pam... los vientos en tal... la percusión asá... los saxos la nota real es esta... ¿listos?... va" ¡¡¡¡¡PUM PUM PAM PUM... PUM PUM PAM PUM!!!. Me sentía bendecido de estar presenciando eso. Veintitantos músicos dándonos su talento su tiempo en condiciones acústicas impensables para los productores puristas, con los buses afuera y vendedores de tamales. En 3 horas se grabó el 70 por ciento de la música de la película. Los músicos felices y sorprendidos también con la generosidad de Velandia al pagarles, sin haberles advertido, uno por uno.

Al siguiente día grabamos cosas maravillosas con unos niños. Velandia ya había hecho esa poderosa obra "Sócrates", una hermosura de álbum cocinado al vapor del Yagé, y una música infantil que no subestima a nadie. Era el álbum que más había usado para editar LSD.S. Ese día llegó nuestro amigo Lava a ayudar con la grabación. La paga para los niños fue preciosa también. Velandia aseguró que para el siguiente semestre tuvieran los profesores y talleres que estaban estancados en la casa cultural en la que grabamos. Talleres que los pelaítos adoraban y habían sido suspendidos por falta de recursos. Otras cosas se grabaron en la casa de Velandia, con su mamá, doña Ceci, y su papá el gran Germán Velandia. Esa casita es una preciosidad. Empezando por doña Ceci, tremanda cocinera y mujer de una risa y un humor deliciosos, siguiendo por los hermanos y sobrinos de Velandia. Y don Germán que es un capítulo demasiado singular para intentarlo acá. A esa casa todo el tiempo entran y salen niños, vecinos, suenan las ollas, trapean, don Germán no se estresa, ni su sofá, y en la mitad de la risa, del ruidajo, del delirio, Velandia escribe sus notas. Fuimos también a grabar a una de las revelaciones más grandes que he tenido recientemente. El negro Navas: artista plástico y de madera, delirante, completamente ido, o sea, completamente sensato, y y con los pies en la suelo (de la luna). Tiene un ojo tatuado en la mitad de la frente. Hay un momento en el que ese ojo intimida tanto que molesta por resequedad, que uno empieza a parpadear para hidratarlo con la mente. También tiene un cristo tatuado en el pecho, que tiembla con sus movimientos. A veces se pone un parche en la frente para proteger el ojo. Él está seguro de que ve por ese ojo. Uno termina convencido también: ahí tiene un ojo. No sé si necesariamente para ver. Yo le pregunté que si el ojo le había salido desde antes de tatuárselo o si le salió al tautarlo, valga la redundancia. Me dijo que primero le salió y luego se lo tatuó. Él grabó algunas improvisaciones con su "lira", y el futuro éxito de la radio "La pepa e' la marihuana". Ese fue el remate del delirio, la grabación de la música mientras él se rompía un par de botellas en la cabeza. Velandia empezó a trabajar junto a Juanfer y a Paulo en la edición de la música. Yo partí.

A los pocos dáis volví. Estuve presente en uno de los momentos más sublimes de mi vida como artista, cuando Velandia grabó una canción hermosa, que compuso. Cuando había llegado en el anterior viaje a su casa, su mamá tenía lágrimas en los ojos, y del comedor venían las primeras notas de este tema. Lo llamó "El calavero". Una canción de esas que uno oye y sabe que se va a meter en el alma de quien la escuche. Como una caricia, como una infección, como un afecto. El caso es que al vovler estuve en esa grabación. La guitarra hacía algo cíclico hipnótico. La toma en la que se logró me elevó, textualmente y a los presentes. Después de varios intentos con micrófonos y metrónomos y tecnología, Velandia se arrancó prácticamente los cables, algo desesperado por los intentos, tomó aire como diciéndose que no se iba a dejar dañar el momento, se quitó hasta los audífonos, y nos tiró esa bomba atómica a todos los presentes. Yo terminé borracho en el estudio. Salí eufórico a llamar por teléfono y a perder el celular. Se cerraba otro capítulo con mi hermano, antes de que fuera a Bogotá a sincronizar todo. La música se oía poderosísima en la sala de mezcla, en realidad llegaba "al epicentro de la caries". Impresionante. Revolvía el estómago, daba ganas de hacer "popito", como establecimos en nivel de bajos en la mezcla con Monty (ingeniero de mezcla), y con Jean-Guy (ingeniero de mezcla en la France) aplicamos. Después de sincronizar todo, Velandia se dispuso a grabar otro disco en cuanto la producción le dio la paga. Lo grabaría en una tarde.

Yo grabé la realización de ese disco. Luego se dañó el disco duro en el que dejé el material y eso se perdió para siempre. Salvo una canción que se salvó completa y se volvió videoclip: Naranjas. Lo único que sobrevivió de las imágenes de cómo se hizo "Oh, porno!", su nuevo álbum. A mi me encantó que mi material se perdiera. Pensé que estuve allá por el placer de estar, con la excusa de una cámara, registrando para nadie, para ellos, para mi. Compartiendo con mis amigos como si la cámara obligara a una pantomima que no tuvo sentido. Ese estudio que nos pusimos de ruana y donde casi perdemos el control sin remedio por el grado de euforia, el humerío, el alcohol... la música. La música éramos todos. Velandia fue el que me enseñó "para qué hacer música si se puede ser música". Igual con el Cine. Bendito seas perrito.

Por Rubén Mendoza

Novedades Musicales

Cortesía de Edson Velandia:

Polvo

El Calavero

Semáforo I

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